domingo, 11 de febrero de 2007

Destinos

París


Una ciudad con luz propia


“El amor es una tontería hecha entre dos”: Napoleón

Motivo de muchos tipos de visitas, París es una ciudad que cautiva, desde los buscadores de arte, hasta quienes sólo gustan de las bellezas naturales y arquitectónicas


¿Cómo describir, de forma objetiva, a una ciudad cuya belleza ha embelesado a reyes y príncipes, nobles y plebeyos, artistas y gobernantes, propios y extranjeros desde hace cientos de años?

Jorge Arturo Castillo


La famosa frase aquella de París bien vale una misa, que todo mundo repite sin saber su origen, se debe al rey Enrique IV de Navarra, quien se tuvo que convertir del protestantismo al catolicismo para ser rey de Francia.
Contra lo que se piensa, París no sólo es la capital del país galo, poblada por algo más de dos millones de habitantes, en una región denominada Ille de France, donde reside la quinta parte de los habitantes de Francia, si no que es, sin lugar a dudas, una de las ciudades más bellas del mundo.Arte, historia, cultura y naturaleza hacen de París un lugar único, con muy acusada personalidad. Para ir bien y conocer, lo que se dice conocer, sólo hay un único camino, como recomendaba el emperador, el Gran Corso, que cambió la historia de Europa: caminando: “Caminaba todo el día; es la única manera de conocer verdaderamente cualquier lugar”. [1]
Pero París, al igual que las grandes ciudades con toda una historia detrás, no se acaba con una sola visita. Se deben tomar poco a poco, a sorbos y con cuidado, para que sepan, deleiten y para que algún día, si esto es posible, se termine de conocerlas.

Todo un regalo
La primera vez que visité el Viejo Continente fue para asistir al Mundial de Futbol de España 1982 –el cual, por cierto, ganó Italia-. Después de estar mes y medio en la contienda futbolística, y de haber visitado buena parte de las principales ciudades españolas, sobre todo del centro y sur –estancia memorable que será contada en otra entrega-, el grupo turístico decidió pasar los últimos días de vacaciones en París.
Debo confesar que a la edad que tenía entonces –y que no confieso ahora por mero contagio del pudor femenino a revelar años de más o madurez de menos-, no sabía la magnitud de la visita que emprendería. No iba con familiares, sino con pura gente que había conocido en el viaje y lo hice más por seguir al grupo que por convicción personal.
Sin embargo, ¡oh sorpresa! No necesita tener uno muchos años para saber y reconocer a una ciudad que impresiona a cualquiera, más allá de la historia, la cultura, el arte y todo lo que conjunta: París es un regalo por sí misma.

Una ciudad luz
La primera imagen que nos viene a la mente es la de la Torre Eiffel y todos los mitos que hay alrededor de ella: que se construyó a fines del siglo XIX de forma provisional para una exposición temporal, que estuvo a punto de desaparecer porque afeaba la ciudad, sus miles de toneladas de acero empleadas en su construcción, el ícono en el que se ha convertido, etcétera.
Cerca de la Plaza de la Concorde –en cuyo centro aparece el obelisco regalado a Francia por un gobernante egipcio en el siglo XIX- están los palacios, el Petit y el Grand Palais, que fueron construidos para la exposición de 1900, y hoy en día son sedes de museos. Al fondo, aparece la Plaza de l’Etoile con el imponente Arco del Triunfo, el cual fue mandado construir, ni más ni menos, que por Napoleón y terminado en 1836, en el llamado Segundo Imperio, época en la cual el arquitecto Haussmann transformó buena parte del urbanismo de París. Desde entonces, el arco y la amplia avenida se consolidaron como monumentales escenarios patrióticos. El arco, de 50 metros de alto, comanda a su voluntad, a lo largo y ancho, a los bellos y tradicionales Campos Elíseos.

El punto central
Notre Dame es otro emblema de esta capital y es, por cierto, el lugar a partir del cual se miden los kilómetros de las grandes carreteras del país galo, con lo cual se refuerza su imagen de punto central en la geografía e historias francesas.
La catedral parisina está ubicada en la Isla de la Cité, donde ya existía una urbe en tiempos galos y romanos. Con una obra construida y destruida, y tras sucesivas reconstrucciones, en 1163 se inició la obra gótica. Aquí, nada menos, fue coronado Napoleón.
La iglesia no es de las más grandes ni majestuosas, pero sí de las más armoniosas y recordadas, sobre todo por su portada principal, con tres plantas superpuestas y sendas torres cuadrangulares, a las cuales es posible subir, con la promesa de una bella imagen de postal, con el Sena en un eterno bautizo a la ciudad. Adentro hay una pequeña capilla dedicada a nuestra virgen de Guadalupe.

Joya mundial

La Sainte Chapelle está considerada como “una joya mundial del gótico”. Es una capilla de pequeñas dimensiones, en un estilo de gran pureza, destinada a acoger, ni más ni menos, que a la corona de espinas de Cristo.
La edificación forma parte del Palacio de Justicia, antiguo Palacio Real, en la Isla de la Cité. Todo viene del siglo XIII, al momento que el emperador de Constantinopla vendió la reliquiapara obtener dinero. La corona fue comprada por Luis IX, rey de Francia, quien encargó la construcción de una capilla-relicario, la cual fue terminada en 1284. Su aspecto exterior es bastante común, pues se trata de un edificio de proporciones pequeñas.

Los Inválidos
Conocer Los Inválidos es más que necesario. Muy cerca de la Escuela Militar y el Campo de Marte, se ubica el centro iniciado por Luis XIV para atender a los veteranos de sus ejércitos, quienes habían sufrido toda clase de lesiones por la guerra, con la consecuente falta de recursos para su atención.En el interior destaca el patio principal y la iglesia del Domo, con la notable cúpula. En este edificio se halla el Museo de la Armada, pero, sobre todo, destaca la impresionante tumba donde reposan los restos de Napoleón, traídos desde la isla de Santa Elena, donde fue exiliado en sus últimos años.

El Louvre
Otro lugar obligado es el Museo del Louvre, cuya entrada, la Pirámide de Cristal, ha despertado las más severas críticas –por su desafío al resto de la arquitectura urbana- y los más elocuentes elogios –porque muchos no imaginan una mejor entrada a un recinto de esta naturaleza-. Lo cierto es que alberga una de las colecciones de arte más preciadas del mundo entero.
Y no es para menos, pues en su interior se presentan numerosas obras maestras del arte de todos los tiempos, como las siguientes: la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, la tumba de Philippe Pot, y pinturas como La Balsa de la Medusa, de Theodore Gericault; La Costurera, de Jan Vermeer; y La Nave de los Locos, de El Bosco.
Punto y aparte, por supuesto, merece la obra de arte pictórico más importante y admirada de toda la historia: La Mona Lisa, de Leonardo da Vinci, que ha despertado infinidad de historias y cuya sola presencia vale la entrada a dicho museo.

El Barrio Latino
Es un lugar con vida propia. Su nombre se debe a los estudiantes de la Sorbona que habitaban la zona en la Edad Media y hablaban latín.Esta zona siempre ha estado identificada con la vida joven, bohemia y nocturna. Se ubica a orillas del Sena, junto a la Isla de la Cité.Posee zonas características, como la pequeña Plaza St-Michel, con la estatua de San Miguel dominando al dragón, donde en todo momento hay fiesta y barullo.En torno a la iglesia de St-Séverin, gótica, hay varias calles angostas de restaurantes populares, con diferentes y suculentas especialidades –donde predomina la oferta gastronómica griega, francesa e italiana-, que llenan el ambiente de su sabor, colorido y música.

Pigalle
Su recorrido por esta ciudad de ensueño no estará completo sin una visita a Pigalle, la también llamada Zona Roja de París. Conservadores y persignados, absténgase. Los reventados, tendrán gran festín en el Peep Show, o algún cine o espectáculo sólo para adultos… Por estas calles encontrará, sin mayor dilación, al enorme Museo del Erotismo.
Al llegar a la plaza se ve, sin contemplaciones, el famosísimo Moulin Rouge, que es uno de los cabarets más famosos a lo largo y ancho del orbe. Está ubicado dentro del barrio Montmartre de París. Fundado en 1889, se ha hecho célebre desde entonces por ofrecer placer y diversión nacionales y extranjeros. Es, también, famoso por sus bailes de can can, que ponen a soñar al más pintado.

Hermosa y cautivadora
A la fecha he tenido la oportunidad de estar en tres ocasiones distintas en la también llamada Ciudad Luz y mi impresión primera no cambia: uno puede enamorarse de París, después convertirse en amante y en esposo, y el amor sigue incólume.
Cada visita es otra luz que nos descubre una nueva ciudad, igual de hermosa y cautivadora, como las modelos de Goya, pero también distinta, al punto de que nunca acaba uno de descubrirla por completo, como a cualquier mujer…
Si su visita es inminente, más vale que aprenda un buen francés. Si no, ni lo intente: los franceses no aceptan un francés a medias y la mayoría no estará dispuesto a ayudarlo. En cambio, puede manejarse muy bien en inglés, por ejemplo.
La gastronomía es un tema aparte, pero usted puede comer muy bien –más que bien, delicioso-, si ése es su propósito. Si no, como en cualquier otro lugar, encontrará restaurantes que lo sacarán del apuro, pero que no serán un buen recuerdo en el futuro.
Si aún no ha estado todavía por allá, no posponga más ese viaje, porque si bien todos los caminos conducen a Roma, todos los suspiros llevan a París.

[1] Beatriz Rivas. Viento amargo. Editorial Alfaguara, México, D.F., 2006. p. 50

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